China no es solo el país más poblado del mundo con casi un quinto de la población mundial, sino que también presume la civilización más antigua del planeta: una sociedad agrícola formada a orillas del Río Amarillo hace más de 5000 años. Durante este largo período, China fue esencialmente un país aislado, desconectado de otros por un enorme océano en el este, junglas hacia el sur, imponentes cordones montañosos al oeste y estepas heladas hacia el norte. Su cultura intacta se expandió por varios siglos a lo largo de Asia Oriental, donde su influencia se manifiesta en la música, bailes, pinturas, religión, filosofía, arquitectura, estructura social, administración, y por sobre todo, lenguaje y literatura. China se ve a sí mismo como el “Reino medio”, el centro del universo.
Los occidentales que en la segunda mitad del siglo XX pudieron haber visto a China como un país del tercer mundo, una nación relativamente atrasada de tecnología rústica, infraestructura escasa, pésima higiene, desenfrenada contaminación, políticas desactualizadas y comunicación inadecuada, cayeron en el error de juzgar mal, subestimar y mal interpretar el poder y el impacto de los chinos en sus vecinos y ahora, en el mundo entero.
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La caída del muro de Berlín dio lugar a la creación de un sistema unipolar, un sistema donde existía una sola potencia económica con hegemonía en el ámbito político, militar y hasta cultural: Los Estados Unidos.